Me acuerdo de cuando quería ser un chico con aquel corte de pelo a tazón, mis gafas de mosca y mis heridas en la barbilla. Entonces llegó un niño sin algún que otro diente y me regaló una flor.
Me acuerdo de mi primer polvo, del fuego que tuvimos que encender para no morir congelados y de lo absurdos que nos sentimos teniendo un orgasmo en mitad de una humareda impresionante.
Me acuerdo de lo culpable que me sentía cuando iba a casa de algún compañero del colegio que me caía mal y veía que su madre era una persona buena y amable.